‘Bollywood’, flamenco, toros y tomates
July 17, 2015

Sita baila el blues

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Sadhu y su templo a orillas del Ganges; arriba a la derecha, un peregrino hindú; abajo, otros en la ciudad sagrada de Haridwar.

El efecto que la música tiene en las religiones y el convencimiento de algunas creencias de sus poderes mágicos es el tema que aborda el escritor Agustín Pániker en El sueño de Shitala, donde describe el jazz, el rock o el flamenco como vehículos de espiritualidad

ALFREDO DE BRAGANZA Culturalmente, todas las religiones se sirven de la música para alabar a sus deidades y para conseguir que sus fieles se acerquen a la divinidad. Pero para el escritor Agustín Pániker, que ahonda en su última obra didáctica sobre el mundo de las religiones (El Sueño de Shitala Ed. Kairós), la música es más que un medio a través del cual la humanidad ha vehiculado sus ideas y creencias religiosas. Algunos cultos tienen incluso el convencimiento de que la música tiene poderes mágicos, ya que influye sobre las personas alterándoles el estado de ánimo.

La religión constituye uno de los aspectos más longevos, conservadores y universales de la humanidad. A medida que los viajeros, exploradores, científicos y etnólogos coloniales iban reportando mitos, rituales y pintorescas costumbres de lejanas tierras, se tenía la sensación de que los episodios del Viejo Testamento eran tan inverosímiles como las prácticas y creencias de salvajes y paganos. Como explica Pániker (ateísta, mediterráneo y amante de la cultura India), “la religión es lo que cada uno de los mortales ha creído y conjeturado que es. Las religiones quieren dar explicación a los grandes interrogantes (el sentido de la vida, el problema del mal, el origen del mundo…), también quieren ordenar y legislar (lo político, la moral, la identidad social…) y proponen liberar (de la ignorancia, del sufrimiento, de la enfermedad, de la muerte…)”.
Igual que el ritmo y la música satisfacen una sed emocional interna, la religión parece satisfacer nuestra ansia de significado, la necesidad de sentirnos interconectados… En su nombre se han cometido genocidios culturales, guerras santas, sangrientos atentados, torturas infames o sacrificios animales; y bajo sus auspicios se han construido civilizaciones, obras de arte sublimes y fuentes de sabiduría inigualables. La religión tiene que ver con la violencia y con la paz. Pániker, con un lenguaje didáctico, ameno, y lejos de ser enrevesado y tostón, escribe: “Para algunos, es lo más precioso de sus vidas. Para otros, cuanto antes se desembaracen de esa lacra, mejor. Las religiones pueden incitar a la rebelión o devenir inmundos negocios, pero también crean fuentes de caridad y ayudas al necesitado. La religión ha tenido y tiene que ver con la medicina y la danza, con la agricultura y la pintura, con la filosofía y la ciencia, con el derecho y la política, con el rito y la poesía, con la ética y la gastronomía, con la psicología y la sexualidad…”.
Pero la espiritualidad prescinde de las religiones (puede vivirse sin ellas) y hay religiones desprovistas de espiritualidad, asfixiadas por el peso de un doctrinarismo autoritario. Una de las singularidades en la última obra de este escritor catalán -como se menciona en la introducción a su libro: “En un estilo que toma lo mejor del ensayo, el relato de viaje, el documento antropológico o el artículo periodístico, este libro nos lleva a aprender de las fuentes de sabiduría de la  humanidad y a comprender mejor la amplitud, la riqueza y la perdurancia del fenómeno religioso”- es cómo utiliza la música como herramienta metafórica para desembrollar, esclarecer y dilucidarnos la espiritualidad. Pániker nos describe, con la pasión de un intérprete (declarado amateur), cómo un vehiculo “natural” de espiritualidad ha sido, y es, principalmente la música; Jazz, Clásica, Punk, Blues, Rock o Flamenco… Según él, los grandes artistas tocan o reflejan la realidad tanto o más profunda que los filósofos o los místicos. Y, desde luego, lo comunican mejor, ya que, aunque no tiene una carga semántica, la música es un idioma que todos podemos interpretar o amar y disfrutar. No necesitamos explicarla o atribuirle significado; uno simplemente escucha y disfruta. Toda música es un lenguaje; con su gramática, su vocabulario, su sintaxis y hasta sus géneros poéticos. Es un lenguaje que se aprende con los sentidos y las emociones, además de la boca y los dedos.
Partiendo de un ejemplo de nuestra España querida (últimamente tan denostada), el lenguaje del flamenco, aunque naciera por el siglo XVIII del mestizaje cultural (musulmanes, cristianos, judíos, gitanos, etcÉ) que se dio en ciudades y villas agrarias en la Baja Andalucía, posee un alcance que traspasa barreras culturales o genéticas. El gitano puede reivindicar el flamenco como “suyo”, lo mismo que el afro-americano el blues, pues son músicas que dimanan de su sensibilidad, su idiosincrasia, su gueto y su particular fisura. Según Pániker, es precisamente “la fuerza emocional de su creatividad la que permite que otros la adoptemos también como “nuestra”. Quizás lo que hace del blues o del flamenco, ser una música universal, no es solo su espontaneidad, sino su canto que arranca de la más honda humanidad: melancolía, alegría, amor, abandono, dolor, humor…”.
Al final, uno puede llegar a pensar que ni Dios ni la Iglesia son necesarios; y hasta puede que sean un estorbo. Y es que, como disecciona Pániker en su ultimo e interesante libro, “el universo de las religiones es enrevesado y cromático”. Pero la música no sólo puede despertar emociones y estados de ánimo en nosotros, sino también dar forma a la vida; quizás con la esperanza que sea tan longeva como la religión, de este modo, podremos disfrutar de más atardeceres con bandas sonoras diferentes.