Galardón para el corto ‘Boxing Babylon’, del alicantino De Braganza
July 17, 2015

Míster Babu

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15508462Para un extranjero vivir en la India es muy duro. Diariamente tienes que enfrentarte a numerosos problemas que en un país avanzado como España ni siquiera te harían perder el tiempo y, sobre todo, un colosal gasto de energías que acaban propiciando tu malhumor por el resto del día. Cortes de electricidad, discusiones interminables con la gente porque te quieren cobrar el doble de lo normal por tu condición de ‘extranjero’&hellip Llega el momento, que tu atención hacia las cosas que te rodean acaban diferenciándose extremamente de la pronta e ingenua exaltación de un turista recién llegado; como el ver una vaca caminando impunemente y parsimoniosamente por en medio de la carretera mientras el caótico tráfico, pero experimentado, los esquiva como futbolistas zigzagueando entre pivotes durante un entrenamiento; ver con sorpresa en la calle una comitiva de una boda estrafalariamente pomposa y divertida bailando al son de un grupo de músicos que sigue con divertimento al novio a caballo -que simbólicamente hace el recorrido hacia la casa de su futura esposa-, o en otra vía adyacente, por sorpresa, te puedes topar con la comitiva fúnebre de unos familiares y amigos ebrios hasta la coronilla, tirando petardos por la calle y bailando tan típicamente en tal ocasión, mientras siguen, no sin un zigzagueo agudo, al féretro a hombros de unos portadores que hacen acopio de la abstinencia alcohólica de camino al crematorio eléctrico, donde el cuerpo del difunto llegará tan mareado que sus ojos acabarán, debido a tanto bamboleo, en dirección opuesta como los de un rodaballo. Lo cotidiano, al extranjero residente, se ha vuelto monótono, y la exaltación por lo exótico, peculiar y llamativo de la India se volvió tibio e indiferente.

¿Y que siente un indio por las cosas tan peculiares que definen la idiosincrasia de este país del sur de Asia? Pues una indiferencia supina del tamaño de un ‘elephas-maximus'; ese animal terrestre, de orejas grandes y colgantes y característica trompa que tanto los maharajás hacían acopio al disparar desde sus lomos al tigre -aunque en extinción, símbolo actual de la India- durante sus múltiples partidas de caza.

Pero, como mencionábamos, la etapa inicial e ingenua de exaltación por las típicas peculiaridades del país, el extranjero residente ya las ha pasado por alto, y llevado por su curiosidad e interés en conocer cosas nuevas, explora otros lugares menos conocidos y accesibles para el turista y que causa no mayor desinterés al habitante local. A este extranjero, tras múltiples experiencias amargas, le ha salido una cualidad que desconocía que habitaba dentro de su ser, y causante de proseguir su estancia en la India: el desparpajo.

Esa desenvoltura, le lleva a ver cosas que otros, dentro de su burbuja, no perciben. Su soltura se ha convertido en un desenfado para hablar o relacionarse en una situación o en un ambiente distintivo y singular. Así, de este modo, un servidor ha llegado a conocer a una persona anónima en un país de más de mil millones de habitantes, y un ejemplo de valores humanos que medios de comunicación españoles se niegan a que sea reflejo de la sociedad india, tan comúnmente asociada a la pobreza extrema, lucha de clases sociales y violencia sin parangón.

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Si se define a la solidaridad como el acto mediante el cual una persona realiza acciones en beneficio de otro sin recibir nada a cambio, este señor indio, más que la virtud teologal del cristianismo -que se desliza hacia la mera caridad que han de manifestar las personas satisfechas o privilegiadas para con sus hermanos desposeídos, marginados o carentes de salud, educación o un adecuado o digno nivel de vida-, representa ese sentimiento y actitud de ayuda desinteresada hacia los más necesitados.

Es musulmán, y su nombre es Pervez Ahmad, pero es conocido en su vecindario como ‘Míster Babu’. Emigró de un pueblo del interior de la India a la capital del Estado de Rajastán, Jaipur. Y en un aislado rincón de esta ciudad del noroeste del país, en 1978, detrás de su vivienda, comenzó a dar clases a niños pequeños de primaria, al aire libre. Tras el paso de los años decidió que después de las clases se convirtiese esa parte trasera en un improvisado gimnasio para jóvenes; unas barras, unos discos, unos taburetes hechos por un amigo carpintero, unas mancuernas y un par de kettlebells. Así es como hasta el día de hoy, este señor de 70 años da clases de 8:00 a 12:00 a sus veintidós alumnos pequeños provenientes de familias pobres, y por las tardes de 17:00 a 21:00, instruye ejercicios físicos a dieciocho jóvenes también de familias sin recursos.

15508458Tras el paso del tiempo, la ciudad se fue expandiendo, y ‘Míster Babu’ vio cómo la ubicación de su casa, que estaba en un suburbio, se quedaba emplazada en un barrio de gente adinerada, su terreno valorado en millones de rupias, y agentes de propiedad y promotores instigándole a derrumbar su vieja vivienda y construir en sus terrenos un edificio de siete plantas al cual tendría derecho a una de ellas más un porcentaje de beneficios por la venta de las restantes. Él se niega. Rehúsa de esas proposiciones porque entre otros motivos no vive solo; desde hace años, en su casa da cobijo a innumerables perros callejeros con problemas físicos, y a sus puertas se agolpan a determinadas horas del día un buen número de ellos esperando una ración de comida casera cocina por él. Da cobijo a todo animal con problemas que se encuentra por la calle; ardillas, pájaros, gallinas; ha tenido en el pasado hasta vacas y búfalos. Llegó el día que su casa parecía el arca de Noé, y él, una versión india del doctor Dolittle. Esta fue la causa que su matrimonio concertado durante los años ochenta, se anulase, porque los familiares de la otra parte contratante le pusieron la condición «o la esposa o los animales». «A mayor disgusto de mi madre, elegí lo último, y no me arrepiento de ello». Este amor por los animales le hizo decantarse por el puro vegetarianismo.

Su testarudez le ha llevado a negarse a crear una ONG, porque según dice llegaría el día que tendría que sobornar a tal o cual funcionario para seguir con su escuela, y pensar en esto le repela. De este modo se contenta únicamente con donativos que le dan la gente y una pensión del gobierno. Con todo ello sufraga de su bolsillo el coste de los uniformes, cuadernos y demás, a sus alumnos.

15508456«¿Sabes cuál es mi mayor hobby?», me pregunta entusiasmado. «Cojo una de estas sillas, me siento rodeado de mis animales, y me quedo mirando las copas de los árboles mientras pretendo soñar despierto». Pero sus brillantes pupilas acuosas se secan al momento de caer en la melancolía. «¿Qué será de mis jóvenes estudiantes? Si les dejo yo de prestar atención nadie lo hará por mí. Después de mí, ¿quién me sustituirá? Aquí nadie se interesa por nadie. Ahora en mi gimnasio vienen hijos de antiguos alumnos, y sus nietos se sientan en mis pupitres por las mañanas, pero nadie está dispuesto a recoger mi antorcha. Esta es una sociedad cruel. Es por este motivo que llamé a mi escuela ‘Fairyland’ (‘El país de las hadas’), porque me gustaría vivir en un mundo feliz como el de los cuentos de hadas. Pero ese mundo de felicidad no está en esta tierra».

De allí a aquí

En España la vida diaria también es muy dura, aun en aspectos muy diferentes. La gente tiene más sensación de inseguridad, ha saltado a la palestra la intolerancia y el racismo -por edad, raza, geografía, condición social&hellip-, y los medios de comunicación informan de formas de violencia a la que los ciudadanos no están acostumbrados. Últimamente se ha podido escuchar y leer noticias de la India tan solo negativas, concretamente de violaciones de mujeres; como si el seguimiento de la captura, cómo es el proceso judicial, quienes son los autores, y los detalles más repelentes del crimen en el país del sur de Asia, fuesen en comparación más graves que los hechos que suceden a diario en la vida social española, y un padre de familia tuviese que asumir que su pesar es menor de lo que padecen otros seres humanos en otro lugar del planeta y por tanto debería contentarse con lo poco que tiene, y no quejarse, ¡oiga usted!

Desde luego en este mundo se necesitan más personas como ‘Míster Babu’, y si los ciudadanos abanderasen valores de ayuda a los demás, como el de la solidaridad, sin duda a partir de ella la sociedad funcionaria más armoniosamente. En España, la crisis no es sólo bancaria o económica o financiera, sino que ha conseguido pervertir los principios éticos y morales de una forma tan grande como la de un elephas-maximus indio, que es a la vez, acicalado con mimo por los gestores de las instituciones públicas y medios de comunicación en detrimento de lo mejor: su gente y sus valores.

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